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Snowden: ¿Héroe o traidor?

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Con apenas 29 años, gafas y aspecto inofensivo, el ex operador de la CIA y consultor de la NSA ha cimbrado los servicios de inteligencia de EU.

Washington. Poco antes de revelar su identidad al mundo, Edward Snowden llegó en medio del más absoluto de los secretos al hotel Mira de la ciudad de Hong Kong.

Como todo equipaje, cuatro computadoras personales sujetas al hombro —una extensión de su anatomía de espía del siglo XXI—, un porta trajes y un cubo rubick en la mano que le serviría para ser identificado por un grupo periodistas que habían viajado desde Nueva York.

“Hola, soy Edward Snowden”, se limitó a decir al inicio de una presentación en la que los periodistas del diario británico The Guardian no daban crédito a lo que veían. Un joven de apenas 29 años, de aspecto inofensivo y gafas de alta graduación. Nada que ver con la imagen cinematográfica de un veterano agente de inteligencia de la CIA. Una figura difícil de asociar con la del “hombre más buscado por Estados Unidos” o con la de su incipiente fama como el denunciante o soplón que más daño ha hecho a los servicios de inteligencia de la primera potencia del mundo.

Para entender las razones y, sobre todo, para confiar en la palabra y los motivos de Snowden, los periodistas tuvieron que hacer una recomposición de su biografía en un corto lapso. En un mundo tan incierto y peligroso, encontrar una fuente confiable que además sea directamente proporcional a la magnitud de una exclusiva mundial no es nada frecuente. Para un periodista, es como sacarse la lotería. De ahí la necesidad de encontrarse cara a cara y asomarse a su biografía.

Tras una charla de más de una hora, según ha reconocido Glenn Greenwald, el corresponsal de The Guardian que fue elegido por el propio Snowden para denunciar a las agencias de inteligencia de EU, los dos periodistas que acudieron a la cita en el hotel Mira quedaron convencidos.

Snowden, ex operador de la CIA y consultor de la Agencia Nacional de Inteligencia (NSA, por sus siglas en inglés), superó las expectativas que ellos tenían. Articulado al hablar, meticuloso en los detalles y dotado de un aura de libre pensador, estaba además avalado por su impresionante currículum como ex operador de la CIA en Ginebra, Suiza y ex consultor de la NSA en Hawai, desde donde se concentra el mayor tráfico de información de inteligencia de Asia.

Ciertamente, Snowden no poseía un título universitario de una institución prestigiosa como Harvard o Princeton. Pero, si por ese tipo de criterios se hubieran basado quienes apostaron por Steve Jobs, el fundador de Apple, la invención del iPhone o el iPad quizá sería hoy una asignatura pendiente en la historia de la humanidad.

En su relato, Snowden les confió que tampoco había conseguido superar el durísimo proceso de entrenamiento y selección para ingresar a las unidades de élite de las Fuerzas Especiales. De hecho, en su intento Edward se fracturó las dos piernas. Su derrota se convertiría en el inicio de un nuevo capítulo en su vida. Uno del que hoy nadie, ni el propio Snowden, es capaz de imaginar su desenlace.

Una historia demasiado buena

Con estas credenciales, Edward merecía la pena ser escuchado. Además, la historia era demasiado buena. Tenía que ser publicada y el mundo tenía derecho a saber. El pueblo estadounidense tenía que quitarse la venda de los ojos para encarar una dolorosa verdad: sus gobernantes traicionaron su confianza para dejarlos a merced del más agresivo sistema de espionaje y vulneraron su derecho a la privacidad, una garantía constitucional abolida por los servicios de inteligencia.

¿Qué parte de Snowden les convenció? ¿Su condición de antiguo operador de la CIA? ¿Su idealismo a prueba de todo? ¿Su fallido intento por ingresar a las unidades de élite de las Fuerzas Especiales? ¿Su decepción respecto de la clase política en general y de Barack Obama en particular? ¿Su repudio a los contratistas privados que hoy concentran el 70% del presupuesto dedicado a labores de inteligencia en Estados Unidos?

Según se desprende de los testimonios ofrecidos por Greenwald, es muy posible que la suma de todo ello les llevó a comprometerse con la causa de Edward Snowden, un converso del lado oscuro de los servicios de inteligencia; un vehemente defensor del derecho del pueblo estadounidense a conocer la verdad sobre la amenaza que se cierne sobre su futuro, sobre un modelo de democracia pisoteado y secuestrado por los intereses creados con el manido argumento de la seguridad nacional.

“He evaluado muy cuidadosamente cada documento que he revelado para asegurarme de que su divulgación está legítimamente ligado al interés público. Hay todo tipo de documentos que habrían causado un enorme impacto y que no he entregado porque dañarían a mucha gente. Y ese no es mi objetivo. Mi única preocupación es la transparencia”, aseguró Snowden en la entrevista con The Guardian.

“Es un narcisista”

Para quienes acusan a Snowden de “alta traición”, mientras exigen su detención inmediata, la acción de este joven merecen el repudio y la condena universal. “Al ingresar a la CIA y a la NSA (Snowden) sabía a lo que se comprometía. A no revelar absolutamente nada, a salvaguardar la seguridad nacional”, consideró Jeffrey Toobin, experto legal.

“Por eso estamos ante un caso de abuso de confianza, en el mejor de los casos, y de traición, en el peor. Es un narcicista que debería estar en prisión”, añadió.

Sin embargo, para un creciente número de simpatizantes de Snowden las cosas no son tan sencillas. Desde su punto de vista, el caso de este ex operador de la CIA no es uno que se pueda verse en blanco o negro. De alguna forma, un nutrido grupo de políticos, activistas, periodistas y ciudadanos de a pie han decidido que Snowden merece el beneficio de la duda.

“Edward Snowden pasará seguramente a la historia como uno de los más grandes soplones de los servicios de inteligencia. Pero, también, como uno de los más valientes”, consideró Christopher Pyle, experto constitucionalista y respetado autor en el terreno de los derechos civiles, al sumarse a quienes hoy consideran a este ex operador de la CIA como “un héroe” de las libertades.

Un héroe o mártir que, podría decirse, ya se asomaba a través de una biografía que hoy sólo es conocida a retazos, pero que lo retrata como el clásico patriota e idealista asqueado con el poder político y militar.

Nacido en el seno de una familia de clase media en Carolina del Norte, el pequeño Edward conoció el mundo a través de los ojos de su padre, un oficial de la Guardia Costera que le infundió el amor a la patria y a las fuerzas armadas.

Sin embargo, su madre, una mujer que alternaba su responsabilidad como ama de casa y trabajadora a medio tiempo, se convertiría en la más importante parte de su biografía y en compañera habitual después de una separación dolorosa que llevó a madre e hijo a vivir en la ciudad de Baltimore, en la costa este.

De aquella época, amigos y compañeros de clase de Edward, le recuerdan como el clásico chico nerd. “Siempre traía unas gafas más grandes para su cara. Era tímido pero, al mismo tiempo, era muy inteligente y articulado al hablar. Siempre decía lo que quería decir, a diferencia de muchos de nosotros que teníamos problemas para expresarnos”, evocó Dawn Withmore, una antigua compañera de clase que sigue viviendo en el mismo vecindario de Ellicot City, a las afueras de Baltimore.

“Era un joven muy educado. Vestía muy bien, siempre con el pelo bien cortado, pero también algo introvertido. Siempre andaba con su perro”, recuerda Joyce Kinsey al ofrecer un atisbo mínimo de un vecino que hoy contempla en medio de sentimientos encontrados.

“La verdad no sé que pensar. Sólo puedo decir que estoy muy sorprendido”, aseguró para sumarse a ese ejército de personas que dudan entre conceder a Snowden el título de héroe o el de traidor, mientras éste se refugia en Hong Kong, intentando evitar su extradición, y amenaza con la posibilidad de arrojarse en brazos del dragón chino para transformarse en el traidor improbable de EU, ese país al que el propio Snowden ya no es capaz de reconocer como un modelo de apertura, transparencia y democracia.

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